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Thursday, January 2, 2014

Apuntes autobiográficos relacionados con el sexismo lingüístico


La verdad es que no recuerdo la primera vez que me topé con la cuestión del sexismo en el lenguaje. Cuando fui al colegio, durante los 70 del siglo XX, el desdoblamiento de género solo se usaba en contextos corteses como “señoras y señores”, y supongo que por lo menos en nuestro país habría poca gente preocupada por un tema, el del sexismo en el lenguaje, que empezaba a despuntar a raíz de las reivindicaciones de igualdad de derechos para hombres y mujeres de la década de los 60, sobre todo en el mundo de habla inglesa, aunque no tardaría mucho en extenderse a otros países. Lo que sí recuerdo vívidamente es que en clase de filosofía en tercero de lo que entonces se llamaba BUP, equivalente a lo que ahora sería primero de bachillerato, con 16 o 17 años, me molestó profundamente que un día en clase el profesor nos llamara a la pizarra para un ejercicio diciendo: “¡la siguiente… a la pizarra!”.  Se llevó así toda la clase. Hay que entender el contexto pues se trataba de un colegio religioso, de la orden de los salesianos, donde solo admitían alumnos varones, excepto en el COU (curso de orientación universitaria) que era mixto.  Así pues, éramos todos chicos a los que el profesor iba llamando uno a uno: ¡la siguiente … a la pizarra! No sé si mis otros compañeros sintieron lo mismo que yo, pues no lo comenté con nadie, pero yo sentía estupefacción y rabia por ser llamado con una palabra en femenino. No entendía por qué usaba el femenino si éramos todos chicos. Era la primera vez en mi vida que era consciente de  que se usara el femenino para referirse a mí, un varón. Y la verdad es que no me gustó nada. Al final de la clase el profesor aclaró el motivo de su uso lingüístico. En la última llamada dijo: “¡la siguiente… a la pizarra!” y añadió, “persona…, quiero decir”. Así quedó aclarado que el uso que había hecho el profesor toda la clase estaba regido, al menos en su mente,  por la concordancia sintáctica en femenino con “persona” que es una palabra femenina de significado genérico que se refiere tanto a hombres como a mujeres. El profesor había estado provocándonos toda la clase. La pena es que, según lo recuerdo yo, no hubo ningún debate en clase ni comentario posterior sobre este incidente.
Lo que sí es verdad es que yo, al igual que todos los varones de mi época, crecimos en un mundo en el que la óptica de varón era dominante. Todas las profesiones de prestigio y los centros de poder estaban dominados por los hombres. Las palabras masculinas que se referían a varones eran las usadas para referirse también a todos los seres humanos a través del masculino genérico. Incluso el DRAE, diccionario de la Real Academia, estaba escrito de forma que lo normal y natural era ser varón y que el mundo se viera desde la óptica del varón, como puso de manifiesto Álvaro García Messeguer en su libro de 1976 Lenguaje y Discriminación Sexual.  La historia, la filosofía, la literatura, la lingüística, estaban dominadas por visiones masculinas y los autores de referencia eran casi todos varones. Incluso en la canción emblemática de la transición española y número 1 en 1976, Libertad sin ira, del grupo Jarcha se hacía patente esta óptica de varón, como señala García Meseguer, citado también por Ignacio Bosque en su informe: “Gente que solo busca su pan, su hembra, su fiesta en paz”
Como he comentado en otra entrada de este blog, mi interés por este tema del empezó en los primeros años de los 90 tras asistir en la Universidad de Indiana a una clase de Douglas Hofstadter (the manwho would teach machines to think, según un reciente artículo en la revista TheAtlantic)  donde los numerosos ejemplos de sexismo manifiesto, sobre todo en inglés, me convencieron de la realidad del sexismo en las lenguas. El ejemplo que terminó por inclinar la balanza definitivamente, aparte del hecho de que en más del 90 por ciento de las lenguas que tienen masculino y femenino sea el masculino el que se usa como genérico, es el de la palabra “padres” del español, una palabra tan cercana y tan familiar, que normalmente se refiere a las dos personas más importantes en los primeros años de nuestras vidas, pero que también se puede usar para designar a un conjunto de padres varones.  Que para englobar una realidad tan vital para cada uno de nosotros como el conjunto padre y madre la lengua española haya optado por el término “padres” da idea de lo arraigados que están la óptica de varón y el sexismo en nuestro sistema lingüístico.
Cuando volví de estudiar de EEUU, estando de profesor asociado en la recién creada Universidad de Huelva, participé en una comisión encargada de redactar la normativa de funcionamiento interno del departamento de Filología Inglesa al que pertenecía. En el intento de redactar esa normativa sin vestigios de sexismo en el lenguaje es cuando me di cuenta que tal tarea era imposible  y que las propuestas de usos no sexista del lenguaje, si se aplican estrictamente, conducen a una escritura tan farragosa que es inoperante. En ese momento decidí que no me quedaba más remedio que hacer un uso consciente del masculino genérico, pese a estar convencido de que es una herramienta más que perpetúa la óptica de varón en la sociedad y la discriminación por motivos de sexo.

Otro acontecimiento relevante de mi relación con el sexismo lingüístico fue el nacimiento en febrero de 1994 de mi sobrina Belén. Durante todo el embarazo de mi hermana nos habíamos referido a Belén como “el niño”  que iba a tener mi hermana. Lo sorprendente fue que, en un rato en el hospital, el día en que ya había nacido y sabíamos que no era un niño sino una niña, pude contabilizar veinte usos de “niño” para referirse a ella. ¡Qué contraste con mi propia vida, pensé! Mi sobrina Belén va a tener que crecer en un mundo donde la mujer sigue siendo invisibilizada por el lenguaje. Tendrá que acostumbrarse a que se refieran a ella con el masculino en innumerables ocasiones y poco a poco interiorizará que lo normal, lo prestigioso, lo guay es ser varón. Que para la lengua en la que va a crecer lo femenino es lo marcado, lo idiosincrásico y excepcional, susceptible de ser usado peyorativamente. Recuerdo que me pregunté: ¿Servirá de algo que en algunos usos en lenguaje elaborado y monitorizado se esté empezando a usar cada vez más el desdoblamiento de género e incluso que unos pocos empiecen a usar el femenino como genérico? Esta es la pregunta cuya respuesta intentaré buscar en mi próxima entrada de este blog.

Thursday, December 19, 2013

Sexismo lingüístico

Este va a ser el primer tema de lingüística que trato en mi blog. La elección no es casual. Es un tema que me ha preocupado y sobre el que he venido reflexionando desde que hace más de 20 años, como estudiante graduado en la Universidad de Indiana, cursé una clase sobre sexismo en el lenguaje con Douglas Hofstadter, que no es lingüista sino profesor de Inteligencia Artificial, pero que al ser uno de los profesores más famosos del programa de doctorado de Ciencia Cognitiva de la Universidad de Indiana, gracias a su libro Gödel. Escher, Bach, an eternal golden braid, se podía permitir dar seminarios avanzados de postgrado sobre las cuestiones que le venían en gana. Con él tomé varias clases, todas muy inspiradoras pero de temas de lo más variopinto. Recuerdo una en la que dedicamos todo el cuatrimestre a hablar de los ambigramas.

Ambigrama de Phylosophy


Los ambigramas son un juego del lenguaje escrito que consiste en manipular el tipo de letra para conseguir que una misma palabra se pueda leer igual al derecho que al revés. La tarea final de la clase consistió en escribir como ambigramas los nombres de los cincuenta estados de EEUU. Otra clase la dedicó a convencernos de que la traducción entre lenguas es imposible, especialmente en textos como los poéticos, con muchas restricciones formales. La clase en la que más me involucré fue la del sexismo lingüístico.
Teresa Vallverdú, una compañera que además era mi profesora de catalán, y yo éramos los únicos lingüistas de la clase. Los demás eran estudiantes de doctorado de filosofía, psicología, ciencias de la computación y otras materias relacionadas con la ciencia cognitiva. Como muchos lingüistas incluso hoy en día, en aquella época yo pensaba que el lenguaje no era sexista. Sí era consciente de que existían usos sexistas de las lenguas, pero el lenguaje en sí, las lenguas como sistemas formales, yo las consideraba neutras. En particular, pensaba que el uso del masculino como genérico no era una cuestión de sexismo lingüístico sino de economía del lenguaje. Esto es lo que piensan muchos lingüistas, que lamentan la frecuente confusión entre género, como categoría formal perteneciente a la gramática, y sexo, que es una categoría que tiene que ver con los referentes de las palabras. Confusión que lleva a considerar el uso del masculino como genérico como un uso sexista del lenguaje y a defender usos políticamente correctos del lenguaje que sustituyan el uso del masculino genérico por desdoblamientos “los vascos y las vascas” o usos de grafías alternativas “vasc@s”. En una presentación que tenía que preparar para la clase decidí mirar el género como categoría gramatical en las lenguas del mundo para intentar convencer a Douglas Hofstadter y a mis compañeros de clase de que el uso del género masculino como genérico no era un reflejo del sexismo inherente al lenguaje sino que constituye una categoría puramente formal. Los argumentos que suelen dar los lingüistas son en primer lugar que todas las lenguas que tienen género presentan sincretismos por los que las formas de ciertos géneros actúan como genéricas, no por sexismo, sino por cuestiones de economía. En segundo lugar que hay muchas lenguas que no tienen la categoría género pero ello no significa que las sociedades que usan esas lenguas sean más igualitarias en este ámbito. En tercer lugar, que hay lenguas en las que es el género femenino el que se usa como genérico, sin que tampoco corresponda necesariamente con sociedades matriarcales. Pero es en este punto donde la defensa de la neutralidad de los sistemas lingüísticos empieza a hacer aguas. Pues si uno se centra en las lenguas que como el español tienen solo dos géneros en las que estos corresponden con nuestras categorías de masculino y femenino, resulta que se pueden contar con los dedos de las manos el número de lenguas en las que el femenino es la forma usada como genérica, ya que en la inmensa mayoría el que se usa como genérico es el masculino. Si las lenguas como sistemas lingüísticos formales fueran neutras, uno esperaría que el número de lenguas con el femenino como genérico se aproximara al cincuenta por ciento de las lenguas con solo dos géneros correspondientes a nuestro masculino y a nuestro femenino. Sin embargo, no llegan al diez por ciento, con lo que el masculino es el género privilegiado en esta cuestión. Hay que señalar que las lenguas del mundo con solo dos géneros son una minoría. Pero es significativo que más del noventa por ciento de esas lenguas tenga al masculino, el género usado también para referirse a los varones, como genérico.
Lo que terminó de convencerme de que una lengua como la española es inherentemente sexista, tras un cuatrimestre de ejemplos de usos sexistas del lenguaje, fundamentalmente centrados en el inglés, fue la reflexión sobre la palabra “padres” del español. En muchas lenguas, incluido el inglés tienen dos palabras correspondientes a nuestra palabra “padres”. En inglés, por ejemplo serían “parents” y “fathers”. “Padres” tiene un doble significado, uno, el más usado, que engloba a madre y padre, y el otro que se referiría solo a padres varones. Aquí radica en mi opinión la clave del sexismo inherente en lenguas como el español, a saber, que los términos que usamos para los varones son también los usados para referirnos a todos los seres humanos en general y por tanto se impone una “óptica de varón” en nuestra sociedad y las mujeres quedan ocultas tras el  burka del lenguaje. Se suele argumentar, en contra de la visión que defiende que existe sexismo, que en español hay palabras genéricas como “víctima” o “persona” que siendo femeninas son también genéricas y se usan para englobar a varones y mujeres. Sin embargo, este argumento no se sostiene pues a diferencia de palabras como “niño” o “padres” que presentan dos significados, el genérico que engloba a personas de ambos sexos,  y el específico, que se refiere solo a los varones, “víctima” o “persona” solo pueden usarse con valor genérico. Es decir, que al contrario de lo que sucede con las palabras masculinas que al mismo tiempo tienen el doble valor de ser específicas, refiriéndose solo a varones, y genéricas, englobando a todos los seres humanos, las palabras de género femenino tienen el valor específico o en contadas ocasiones, el genérico, pero nunca ambos al mismo tiempo.
El segundo argumento que suelo usar para defender la postura de que una lengua como la española es inherentemente sexista es que, a pesar de los avances sociales en el ámbito de la igualdad de géneros que hemos experimentado en las últimas décadas en España, avances que se ven reflejados en que palabras como “alcaldesa” o “presidenta” que antaño tenían como único valor semántico “esposa de”, incluso hoy en día en que hay muchas mujeres alcalde de sus pueblos y ciudades, la palabra alcaldesa puede seguir siendo utilizada con este valor, pero “alcalde” no es usado como “esposo de la alcaldesa”. Donde mejor se ve este argumento es en el par “rey”, “reina”. La “reina” es casi siempre, la esposa de un “rey”. Sin embargo, el esposo de una reina, no puede recibir la denominación de rey, sino que tiene que especificarse como “rey consorte”. Sigue habiendo pues una clara asimetría entre las palabras de ambos género.
Si  estoy convencido de que existe el sexismo en la lengua española y que esta actúa como un burka que invisibiliza a la mujer y lo femenino, ¿cuál es mi opinión sobre lo que debemos o podemos hacer frente al sexismo lingüístico? Este será el tema de mi próxima entrada del blog.